Ducati Monster

Yo, desde que he empezado a entrometerme en el mundo de la adultez, he comenzado a ver las perspectivas de la paternidad y la maternidad desde otros ángulos. Esto puede deberse, quizá, a que a uno de mujer siempre le están metiendo las expectativas de la maternidad hasta por la nariz. Entonces, uno se encuentra hablando de planes a futuro con sus amigas de toda la vida y, cuando se suelta la bomba de “¿saben algo? Es que yo no quiero hijos, me parecen innecesarios”, entonces vienen las miradas sarcásticas y los comentarios de “lo que pasa es que tú quieres hacerte la diferente, quieres llamar la atención, ya te llegaran las ganas o el arrepentimiento, los hijos son importantes”. Pero la verdad es que no, mucha de la literatura sociológica y antropológica que he leído sobre el tema ha arrojado que, en realidad, no hay nada natural en ser padres y madres, no hay nada natural en el deseo de procrear, no hay nada natural en el amor que se siente por los hijos, ni desde los padres, ni desde las madres –que siempre se da muchísimo más por sentado-.
En ese sentido, yo creo que, cuando crecemos y empezamos a tomar nuestras decisiones y a sacar a la luz nuestros verdaderos rasgos de personalidad, es inevitable que nuestros padres se sientan decepcionados. En muchos casos las relaciones se rompen por completo y padres e hijos no vuelven nunca a hablarse ni a verse. En muchos otros, sólo hay roces que llevan a peleas que ponen de manifiesto que nuestros padres no están de acuerdo con la manera en la decidimos encaminar nuestras vidas.

Y, bueno, según eso, para mí la relación adulta entre padres e hijos, cuando ya no puede haber de por medio cuestiones de mando y órdenes, cuando es buena, se convierte en una amistad. En la adultez hablar con los papás se trata de entablar conversaciones y espacios maduros donde cada uno pueda exponer su punto de vista y ser respetado por el andamiaje social y de vida que cada cual tiene. Esto no siempre es sencillo, no todos los padres entienden que sus hijos ya no son niños y que lo que podían hacer ya lo hicieron. En estos casos la amistad es un algo muy complejo.

Yo he tenido la suerte de tener un papá que siempre ha respetado mucho mis decisiones, tanto así que, siendo él militar, no le vio ningún problema a que estudiara sociología, una carrera que ha venido siendo tachada como guerrillerista en Colombia. De eso se han desprendido muchas cosas, se ha sentado a dialogar conmigo, sin imponerme nada, acerca de la realidad política del país, acerca de los exterminios que desde el Ejército se han orquestado, ha respetado mi postura y la ha aceptado sin molestarse. A eso se le debe sumar que, en serio, yo creo que mi papá es un gran tipo, creo que compartimos muchas cosas con respecto a formas de ver el mundo, tenemos gustos parecidos y disfrutamos estar juntos. Esto ha llevado a que exista una genuina amistad entre los dos, lo que ha culminado en que, en muchas ocasiones, sea yo quien lo acompaña a ver cosas que le gustan –que son motos  y carros, casi siempre-. Lo cierto es que yo no soy una persona de carros, tal vez soy un poco más dada a las motos, pero a los carros no; he ido aprendiendo a cogerles el gusto, pero ha sido más una cuestión de pragmatismo frente a lo que estoy haciendo en este momento, que otra cosa; de cualquier manera, siempre disfruto acompañando a mi papá a ver porque me gusta mucho verlo contento.

El otro día, por ejemplo, estábamos solos porque mi mamá estaba viajando y mi hermano había salido con un amigo. Era Domingo así que no había mucho por hacer y los dos teníamos pereza de cocinar. La verdad es que mi papá siempre se parte el lomo muy duro para darnos la vida que tenemos, así que no me molesta invitarlo de vez en cuando –total, él me da la mensualidad para hacerlo-. Ese día le dije que fuéramos a comer una hamburguesa con platanito deliciosa. Después de eso no queríamos regresar a la casa, así que mi papá me propuso que lo acompañara al concesionario de Ducati, para “soñar un ratico”. No se diga más, para allá cogimos.

Aunque yo no sé manejar –ni motos, ni carros-, siempre he sentido fascinación por las motos, me gusta lo que representan, sobre todo las Harleys, lo he repetido mucho en bastantes artículos. Sin embargo las Ducati también me parecen bien bonitas –además los tipos que atienden el local son un plus-. Cuando entramos a la tienda, tanto mi papá como yo, nos sentíamos en Disney, las motos expuestas son demasiado llamativas.
Había una moto en particular en la que los vendedores insistieron mucho –los manes estaban convencidos de que habían pescado clientela, no estaban enterados de que en realidad solo estábamos ventaniando-, se trataba de la Ducati Monster. Mi papá es un tipo bien bajito, mide 1,58, pero también bastante fuerte y delgado porque toda la vida se ha  ejercitado –otro gusto que compartimos-, así que siempre es un poco complicado para él conseguir motos en las que alcance a tocar el piso. Con algunas modificaciones ésta sería su motocicleta ideal porque no era muy alta. Se trata de una 1200s, motor bicilíndrico en L, con distribución desmodrómica, cuatro válvulas por cilindro y refrigeración líquida; cuenta con una potencia de 145 caballos de fuerza y seis velocidades.

Creo que las Monster son uno de los modelos más agresivos que ofrece la marca. Tienen un diseño versátil y ligero, fácil de maniobrar en la ciudad; de hecho, la definen como una moto citadina. Uno de las características que más me gusta de esta moto, que además es un elemento que siempre miro en cualquier moto, es que el motor es visible, creo que eso siempre les da un aire como de rebeldía. Realmente no estoy segura si viene ofertada en más colores, cuando a nosotros no la ofrecieron venía en color rojo. La combinación de las terminaciones del motor en negro, con ese rojo, le brinda a la moto una imagen más audaz, que me parece muy chévere.

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